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Planeta tierra

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Primero fueron como gotas de cristal caminando por los rostros, luego el agua escurriendo por los cabellos, finalmente las dos bocas empapándose de lluvia y temblores. Sin embargo, alguna extraña fuerza hace que esa agua los moje casi-casi sin darse cuenta, los acaricie, los transporte a un mundo azul, donde para mantener la vida hay que hacer el amor con todas las nubes del verano.

Lo que hace volar las emociones a ella es su boca (la de él) haciéndose agua en lo más profundo de la intimidad, comenzando un diálogo mojado por el fuego que se desprende de los dos cuerpos y, atraviesa la soledad de cada uno. Como si la nochecita bajo el agua fuera el único momento para descubrir las formas más acabadas del azul ternura.

Lo que está a flor de piel en él, es su boca (la de ella) absorbiendo todo el líquido de la montaña que está bajo su rostro, cumpliendo un ritual casi sagrado de iniciación en la claridad del azul misterio.

Y en el tramo más embriagante del vértigo, cuando la imaginación se hace imagen y crea un arco iris de azules, tanto para uno como para otro, la mirada es un puñado de sueños nacidos de la lluvia del verano, de sus manos (las de él) acariciando sus dos médanos (los de ella), de sus dedos (los de ella) bailando en su racimo (el de él), de su lengua (la de él) acariciando su piel (la de ella), de su espalda (la de ella) abierta por su llave (la de él), de su vida (la de él) penetrando su abismo (el de ella). Almitas azuleando las paredes y los adoquines...

Ella lleva entre los ojos y los pies todos los espejos, todas las historias, todas las gotas, todas las nubes, todos los tonos, todos los rincones de ese planeta de azules que apareció poco antes de cumplir los catorce. El lleva entre sus manos aquel enero, como gotas de una lluvia lejana que, enterneció su vida hasta el amanecer, una nochecita, meses antes de pisar los quince.

Los dos saben que un día Montevideo fue todo azul. Que sus cuerpos crecieron con la lluvia. Que fue un verano de olas y arena. Que sigue vibrando en la piel, cada vez que el pensamiento les juega una buena pasada.

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